sábado, 14 de agosto de 2010

Ni siquiera la levedad de su garganta...

Alguien se fue una noche

y dejó los jazmines derrochados,

sin aliento su huella merodeaba

las hilvanadas secuelas de mi boca…

Justo en el borde de la muerte

de la hiel que pintó con su partida

me abrió la puerta de la aurora

y vislumbré por primera vez la vida…

Nunca imaginé tanta dulzura

en un despertar de la mañana

tampoco me había percatado

de los azules y los grises de la noche

después que las gotas del rocío

marcaban la pasión por la ventana…

Después que los albores

lamían la mirada desolada

de la ausencia que dejó su recetario

de la poca tristeza en la persiana…

Fue todo tan escaso y tan liviano

y lo proletario de su amor

fue tan mezquino

que al dejar la oquedad de su presencia

se llenó la habitación de mi memoria…

y fue tan pobre su miseria

tan desamparada su osadía

que no sintió el picaflor en su aleteo

ni siquiera la levedad de su garganta…

Me ha dejado

y el espacio se llenó de mi presencia.

Ahora se que ya nadie me abandona…

3 comentarios:

  1. Guau mi querida Ludmila. Qué poemazo. Está pleno de bellas imágenes, de giros insospechados. Totalmente bello. Un abrazo.

    ResponderEliminar
  2. wao, sin duda nadie abandona a quien sabe amarse , harto bello su poema...

    ResponderEliminar